
Las palabras adquieren unas connotaciones -normalmente negativas- que el concepto en sí no tiene. Una de ella es individuo. En su etimología es el ser considerado como singularidad que se diferencia de los otros por sus actos, pensamientos o experiencias. En negativo es el de baja condición moral al que no queremos darle un nombre ni un calificativo humano. Es un fantasma dañino al que no queremos a nuestro lado. Un ser despreciable, sin identidad.
La persona, por otro lado, es el individuo humano y, por tanto, con todas las cualidades que se le suponen de racionalidad, criterios y valores que lo identifican. Cuando esa persona se relaciona y es parte de una sociedad. la calificamos de ciudadano.
Las consideraciones previas son a veces pesadas y tienen un tufillo intelectualoide, aunque a veces necesario.
La mayoría participamos en la sociedad que nos ha tocado – algunos la eligen- a través de dos entes: la familia y nuestros conocidos con quienes nos relacionados y, sobre todo, en el ámbito social particularmente con el trabajo. Sin olvidar otros colectivos e instituciones.
Cuando llega la jubilación, la mayoría se despide de su trabajo manteniendo las relaciones cercanas. El mundo exterior desaparece, se reduce o difumina y buscamos el centro de la cebolla eliminando las cáscaras o capas externas. Nos volvemos más exigentes y pasamos de tanto ruido, buscando lo esencial e importante. El tiempo adquiere un valor diferente -poco o menos, pero mejor utilizado- que no estamos dispuestos a perderlo en tonterías. El tiempo y, por supuesto, la salud son esenciales.
No quiero dejar de lado ese corazón de la cebolla donde la familia palpita, en especial el mundo de los nietos, que rejuvenece y ocupa tanto tiempo y tan poco.
La experiencia nos lleva a girar en nuestros intereses y campos de acción. Hay un sector importante de las personas mayores -insisto en hablar de mayoría- que descubre nuevas actividades que dejó de lado o en las que nunca pensó, o nunca intentó porque le dijeron que no podía ni sabría y ahora se las encuentra como alternativas que le ofrecen las distintas asociaciones.
El campo con su huerta es una actividad que ofrece multitud de posibilidades para muchos retirados que apenas se acuerdan de sus orígenes donde sus ancestros vivieron.
Los “manitas” descubren todo un mundo de posibilidades increíbles. Otros descubrimos una vena artística que desconocíamos y nos dedicamos a la pintura, cerámica, bordado o… De pronto, nos convertimos en aprendices de actividades en las que nunca pensamos y llenamos habitaciones, incapaces de acumular tantas “obras de arte”.
Hay una parte de muestra personalidad que definíamos al principio que olvidamos o dejamos de lado con todas esas actividades – me refiero a nosotros, los jubilados- y es la participación en la sociedad. Sociedad que nos deja de lado porque ya no servimos, a pesar de los conocimientos y experiencias, o simplemente nos considera disminuidos, de las que huimos desengañados o desilusionados.
Es una parte esencial a la que no debemos renunciar para seguir siendo ciudadanos que participan desde una Organización No Gubernamental o a través de las asociaciones de cualquier tipo en la vida de su ciudad.
Sí. Y sonará extraño, pero reivindico la actividad política. Como su etimología indica, la política es la preocupación por la “polis”. No hablo, por supuesto, de pertenecer a un partido político -que tampoco está mal- sino a defender con los medios que disponemos o podamos inventarnos en los asuntos de todos y no dejárselo solo a los gobernantes, sean del color que sean. Porque no, no estamos acabados, ni disminuidos para ser desechados, a no ser que nosotros mismos nos excluyamos.
No volvamos a ser el individuo que sentado en el banco espera su huida final sino personas que quieren seguir siendo ciudadanos porque aman su polis y pretenden aprovechar sus posibilidades- que son muchas- en dejar una sociedad mejor.
Rafael García Conde. Jubilado
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